En estos tiempos en que lo escolar se confunde con la vida cotidiana, y podemos enseñar y aprender en pantuflas, nos proponemos en este artículo poner en duda la continuidad de la escuela. Se trata de navegar entre las pérdidas que experimentamos y las promesas que nos ofrecen las nuevas tecnologías, evitar encerrarse en posiciones irreductibles y rechazar la inevitabilidad del destino, para salir al rescate de la escuela. Aprovechar el tiempo, poner el freno y hacernos preguntas que nos permitan reinventar la escuela.

la escuela es una invención histórica y, por tanto, puede desaparecer.
Pero eso también significa que puede reinventarse
(J Masschelein y M. Simons)

Es lugar común en los actuales debates públicos sobre los más diversos temas recurrir a un título que comienza por mencionar el tema en cuestión y terminar con la frase “en tiempos de pandemia” y con sinceridad no fue menor la tentación de titular este artículo como “la educación en tiempos de pandemia”. Inmediatamente la idea fue descartada, no porque aspiremos a la originalidad, sino porque necesariamente surge la pregunta si vale la pena pensar la escuela para tiempos de pandemia. La pandemia, independientemente de cuánto tiempo dure nuestro estado de aislamiento, es un momento, un diminuto instante en la historia de la escolaridad. ¿Cuál sería el sentido de pensar la escuela para un instante?

Aunque muchas reformas educativas surgen y surgieron como respuestas a instantáneas del presente, y en ello tal vez se encuentre la razón de sus límites e insuficiencias, la originalidad de la idea de la escuela moderna es justamente que nació mirando al futuro. La escuela como invención, como tecnología, como forma de organización del tiempo y el espacio, como regulación de cuerpos y sexualidades, como escenario de transmisión cultural, como productora de sujetos, como constructora de naciones, lleva más de 200 años de historia. Pocas instituciones han sobrevivido a los convulsionados tiempos de la modernidad, pocas se han mantenido en pie ante las miradas de reprobación, la crítica fundada e infundada , la escasez de recursos, el miedo y la persecución, y los programas reformadores de derechas e izquierdas y sin embargo se ha mantenido tan parecida y tan diferente al mismo tiempo.

Pero la perdurabilidad no garantiza su existencia y como bien señalan Jan Masschelein y Maarten Simons “la escuela es una invención histórica y, por tanto, puede desaparecer.” (Masschelein J. y Simons M. 2014 p 4). Las teorías de la desescolarización no son nuevas, Ivan Illich fue uno de los más radicales abolicionistas de la escolaridad, “el derecho a aprender se ve restringido por la obligación de asistir a la escuela” sostenía Ivan Illich en 1970. Tampoco es nueva la crítica, y nos referimos a una crítica mucho más fundada, que el reciente descubrimiento en las redes sociales que los docentes nos equivocamos.. Bourdieu fue un lúcido crítico del carácter reproductivista de la escuela y sin embargo siguió invitándonos a continuar educándonos. Paulo Freire nos habló de la educación bancaria y nos propuso una educación liberadora.

Entre pérdidas y promesas

En estos momentos en que el aula, y el edificio escolar es desplazado al menos en la emergencia por otros dispositivos, que sustituyen la presencialidad por la virtualidad,. Entusiastas de las promesas de las nuevas tecnologías ven celebratoriamente en las experiencias transitadas por alumnos, docentes y familias la confirmación de la posibilidad de la desaparición de la escuela, o al menos la desaparición de la escuela tal como la conocemos. Según estos, las nuevas tecnologías hacen posible el aprendizaje ubicuo, desarrollan los intereses y vocaciones de los alumnos, y abren la posibilidad de una educación más individualizada frente a la burocratización del dispositivo escolar.

Para otros este gran experimento educativo del aprendizaje en línea pone de manifiesto múltiples desigualdades, para Fernandez Enguita son tres las brechas que en este momento dibujan el mapa de la desigualdad, la brecha de acceso a la conectividad y a los dispositivos tecnológicos, la brecha de uso que refiere al tiempo en que los alumnos pueden hacer uso del dispositivo y a calidad del mismo, y la brecha escolar, referida a las habilidades de los docentes y su disponibilidad de recursos (Fernández Enguita, 2020). Y la sensación de estar transitando un escenario distópico que impone el “arréglense como puedan”.

Una de las razones por las que debíamos rechazar el título “La escuela en tiempo de pandemia” es que nos parecía una invitación a posicionarnos, parafraseando un viejo libro de Umberto Eco, entre Apocalipticos e Integrados. Eco contrastaba la reacción optimista del integrado a la que se opone la desconfianza total de los apocalípticos. Unos partidarios de las innovaciones, otros críticos de cualquier acción que pueda modificar el orden de las cosas. En estas circunstancias, la crítica a la tecnología, la defensa del aula como espacio de contención y la denuncia de las desigualdades que emergen a raíz del uso de dispositivos y aplicaciones para seguir enseñando y aprendiendo podría parecer conservadora, por el contrario abrazar celebratoriamente toda innovación en el campo educativo y que mejor si viene de la mano de la tecnología podría ser visto como el camino obligado de quienes persiguen el progreso. Un escenario complejo para posicionarse ¿Puede un progresista atrincherarse en la comodidad de lo conocido, defendiendo una escuela que sabe, existe fragmentada y reproduce desigualdades mientras los adoradores del mercado alientan un camino de progreso en el que el futuro de la escuela puede parecerse bastante a un presente de aislados consumidores de contenidos escolares?.

Poner el freno

“Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad,
que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia”
(Benjamin, Walter. 2005).

La frase con que Benjamin ponía en duda una frase de Marx según la cual las revoluciones son las locomotoras de la historia, se parece bastante a la situación en que se encuentra nuestra escuela, detenida, vacía, frenada en el tiempo. La biología más que la humanidad o tal vez una combinación de ambas, ha puesto el freno de emergencia, ¿podemos permanecer inmóviles?, o ¿ sumergirnos en el debate entre Apocalípticos e integrados, donde las izquierdas huelen a viejo allanando sin quererlo el camino de la desaparición y las derechas representando el cambio caminando hacia un nuevo orden educativo de consumo y productividad?.

Mientras la vuelta a clases se debate entre protocolos y se enuncia el advenimiento inapelable de una nueva escuela, como si por si sola, en ausencia de lo que la humaniza, pudiese elegir su destino. Podemos hacer otra cosa, aprovechar el freno para pensar que la escuela puede reinventarse. De eso se trata este espacio que inauguramos, darnos el tiempo para pensar cómo debería reinventarse la escuela, estamos obligados a hacerlo porque tal vez la defensa de la Escuela y en especial la escuela pública no pase hoy por las trincheras de ideas probadas, si no en alumbrar, nuevas ideas sin renunciar a los valores del progresismo, buscando los caminos concretos que puedan encarnarlos, para hacer realidad una educación que nos iguale.

Seguir haciendo historia desde el pensamiento progresista tal vez signifique, dudar de nuestras respuestas y volver a las preguntas.

Al rescate de la escuela

Tal vez este gran experimento social y educativo que estamos transitando, nos pueda servir para algo más que quedarse en la denuncia de las viejas y nuevas desigualdades. La irrupción de la tecnología tal vez pueda ser una oportunidad que interpele a la escuela, que ponga de manifiesto aquello en lo que la escuela está en deuda y al mismo tiempo rescate lo que en ella pasa, y no pasa en la pantalla.

Este tiempo en que lo escolar se confunde con lo doméstico, nos damos cuenta de la necesidad de un espacio que invierte los lugares habituales, ¿cómo hacemos de la escuela un umbral hacia un espacio de autonomía, de posibilidades, de ser otro y no la proyección del mundo adulto?

Este tiempo en que la exposición exagerada, la observancia y el escrutinio de los padres los convierte en interlocutor privilegiado, nos sirva para preguntamos cómo logramos que los chicos y chicas, los pibes y pibas vuelvan a ser el centro de la tarea educadora. Y si no es momento que la escuela evite encerrarse en sí misma y pueda explicar lo que hace, tendiendo puentes con los padres y lo comunitario?

Este tiempo de clase en pantuflas, como señala Ines Dussel, nos permita reconocer en nuestros docentes no solo sus errores, sus faltas y fatigas sino esa voluntad enorme de salir en la emergencia pararse frente a un dispositivo para acortar la distancia ¿Cómo ayudarlos a reinventarse y reinventar sus prácticas para seguir recreando el diálogo educativo?

Pero también reconocer que las redes abren otros vínculos y para aprovecharlo es necesario aprender los presupuestos de la tecnología, ¿Cómo dotamos a nuestros docentes de los recursos simbólicos y materiales para conducirla de modo que la escuela amplíe sus horizontes en lugar de cerrarlos?

Las pantallas también nos están volviendo a enseñar que una clase no es repartir tareas sino crear espacios para el aprendizaje en donde la tarea y los contenidos tampoco pueden estar ausentes. Las desigualdades que expresa y que advertimos nos obliga a preguntarnos si ¿no resulta insuficiente invitar a habitar la escuela, sin construir un principio de justicia curricular, en donde el conocimiento circule, y sea accesible para todos?

Ahora que las pantallas con sus asincronías, y distancias alteran los tiempos y espacios ¿Cómo reordenamos las dimensiones de espacio y tiempo para dar lugar a nuevas experiencias educativas? Ahora que sentimos la mirada desde la pantalla, que el orden disciplinario puede tornarse más intenso y a la vez más flexible valdría preguntarnos ¿Cómo modificamos el orden sexual normativo que regula géneros y sexualidades?

Ahora que las tecnologías prometen la posibilidad de la individualización del alumno ¿Cómo logramos que la escuela supere el principio teleológico según el cual hay un único camino, y un mismo tiempo para el desarrollo de los alumnos? ¿Cómo evitamos culpabilizar al alumno del fracaso escolar en lugar de asumir la responsabilidad de las instituciones?

Referencias:

Benjamin, Walter. (2005). Tesis sobre la Historia y otros Fragmentos. México: Contrahistorias. Edición y Traducción de Bolívar Echeverría.
Fernández Enguita, M. (2020). “Una pandemia imprevisible ha traído la brecha previsible”. Cuaderno de Campo (31 marzo). https://blog.enguita.info/
Illich Ivan (1973) La sociedad desescolarizada
Masschelein J. y Simons M (2014) DEFENSA DE LA ESCUELA Una cuestión pública Buenos Aires, Miño & Dávila
Dussel I. (2020) La clase en Pantuflas Reflexiones a partir de la excepcionalidad. Conferencia ISEP 23 de abril Recuperado http://isep-cba.edu.ar/web/2020/04/27/la-clase-en-pantuflas-accede-a-todo-el-contenido-sobre-la-conferencia-de-ines-dussel/

Marcelo Daniel Fraga
Licenciado en Educación, Profesor Regular Universidad Nacional de Quilmes. Investigador categorizado. Fue asesor en la Comisiones de Educación y de Ciencia y Tecnología HCDN. Integro la Comisión Académica de la Maestría en Política y Gestión de la Educación UNLU, el Consejo Consultivo del Programa Universidad Virtual Quilmes (UNQ).