La demostración de cuánto han sido postergados los valores progresistas en nuestro país son las cifras de pobreza, indigencia y desempleo, el abandono de la niñez pobre, los brutales femicidios, la vejez más postergada, la salud pública profundamente dañada y la educación a la que no accede gran parte de la infancia y juventud. Estas realidades no son sólo el olvido de nuestros gobernantes, sino también la razón de nuestro compromiso con la tarea que tenemos por delante. Allí es donde debemos estar como progresistas, más allá de las coyunturas políticas, como proyecto de pensamiento y de acción.

La humanidad siempre ha considerado que su tiempo era único, que efectivamente era protagonista de grandes cambios, protagonista de un pasaje cierto hacia un futuro desconocido. Esto es y fue así, en parte, porque la humanidad necesita una imagen de sí misma que le devuelva cierta seguridad. Sin embargo, hoy en día creemos que nuestro tiempo goza de características peculiares que no pueden pensarse como una ruptura efectiva con las formas de vida conocidas, pero sí deben ser entendidas como pequeños retazos que ponen en evidencia que es urgente pensar nuevas formas de vida para poder dar cuenta de nuestro presente.

El progresismo debe hacerse un lugar en esta oscilación entre la nostalgia y la acción hacia el futuro, entre recuerdos de ideales que quizá algunos ni siquiera hemos vivido y nuevas problemáticas para las que aun no tenemos respuesta.

Nos asalta también otro desafío enorme desde el punto de vista de las ideas, pero que debemos atender porque es capaz de una performatividad sorprendente en nuestras vidas: se dice que todo es lo mismo, que izquierda y derecha ya no existen. Creemos, sin embargo, que hoy más que nunca esas diferencias deben ser sostenidas, pero no como banderas políticas vacías, sino como compromiso de nuestra propia existencia en comunidad. Parafraseando a Aristóteles, decimos que somos vivientes humanos porque somos esencialmente políticos, porque vivimos entre seres vivientes, porque nos definen nuestras acciones hacia los otros. Porque la política no es el ejercicio partidario o la posibilidad de ocupar cargos de gobiernos únicamente, la política es especialmente la manera de habitar este mundo junto con otros. Este es el compromiso que un progresismo genuino debe asumir sin temor a equivocarse.

Como sabemos, la noción del tiempo está implícita en la definición de Historia, por ello debemos repensarla para evaluar la manera de inscribirnos en ella. Esto es, la articulación entre los tiempos de la nuestra historia –pasado, presente y futuro- debe tener como finalidad revisar los valores que la centro-izquierda ha defendido a lo largo de la Historia y evaluar en qué medida están presentes en nuestros tiempos o en qué medida deben ser reformulados.

El progresismo que nosotros representamos se ha identificado desde siempre con la centro-izquierda y se ha pronunciado discursivamente y a través de las acciones en la lucha contra de la desigualdad económica y social, en la afirmación de los derechos fundamentales como el derecho al trabajo, a la educación, a la salud, a la justicia, etc., en lucha contra los nacionalismos y racismos, en la defensa de los Estados democráticos y de las libertades individuales siempre que no se opongan al bienestar de la comunidad, en la transparencia de los actos.

Somos progresistas porque tenemos como horizonte la igualdad entre los humanos vivientes. Una igualdad que debe ser entendida como la igualdad material, en sus posibilidades sociales y económicas reales. Una igualdad a la que se accede prioritariamente a través de la educación. Ahora bien, ¿qué tipo de educación? Ahí se abre un enorme debate en el que debemos posicionarnos claramente.

Ese movimiento horizontal entre pasado, presente y futuro que nosotros como progresistas debemos realizar, se complementa con un movimiento vertical en el que nos desplazamos desde la universalidad de las declamaciones sobre la humanidad hacia la particularidad de las diferencias entre las existencias individuales.

En este entrecruzamiento entre el eje vertical y el horizontal, afirmamos que la centro-izquierda ha sido siempre progresista por definición: ha sido progresista en la mirada hacia la Historia en tanto que ha recuperado el pasado para plantar sus raíces, pero también porque ha mirado hacia el futuro como la única posibilidad de construcción. El progresismo siempre creyó en el progreso social y económico sin por ello afirmar algún tipo de mesianismo que los orientase hacia lo mejor.

Ahora bien, la Historia nos hoy pone frente a nuevos desafíos que nos obligan a tomar posición. Se trata de afirmarnos en relación con las cuestiones medio-ambientalistas, de género, de nuevas formas de trabajo, del avance de las telecomunicaciones en la vida de las comunidades –con las mejoras y desigualdades que trae aparejado-, del lugar de la educación en medio de las nuevas herramientas tecnológicas, solo para nombrar algunas.

Asumiendo, entonces, la tarea de desplazarnos en los dos ejes, afirmamos que somos progresistas porque defendemos la igualdad entre los humanos vivientes pero a condición de que esto no implique desde ningún punto de vista borrar la diferencia entre cada existencia en particular. Somos progresistas también porque promovemos las diferencias en los deseos de elección sexual, de decisión sobre los cuerpo propios, de decisiones de vida. Somos progresistas porque estamos siempre a favor de la defensa de los derechos humanos, los de ayer y los de hoy.

Como se ve, parte de nuestro desafío es poder desplazarnos en la Historia, entre el pasado en el que hundimos nuestras raíces y el futuro como única posibilidad afirmativa, recordando que es en el presente donde nuestras acciones y nuestros discursos toman consistencia. En ese espesor de la Historia tenemos que aprender a movernos también entre el plano de lo universal y el de lo particular, articulando la distancia entre los pronunciamientos de deseos de igualdad de la humanidad y la defensa de la diferencia en las existencias individuales.

En efecto, un enorme desafío que tiene el progresismo en el mundo, pero en nuestro país en particular, es la articulación con las existencias individuales. No podemos quedarnos en las declaraciones universales acerca de la humanidad únicamente, debemos darle cuerpo a las declamaciones a través de la defensa real y concreta de la idea de alteridad. Vivimos con otros en una comunidad en la que es urgente reducir las desigualdades y crear más oportunidades de desarrollo para todos y para cada uno.

La demostración de cuánto han sido postergados los valores progresistas en nuestro país son las cifras de pobreza, indigencia y desempleo, el abandono de la niñez pobre, los brutales femicidios, la vejez más postergada, la salud pública profundamente dañada y la educación a la que no accede gran parte de la infancia y juventud. Estas realidades no son sólo el olvido de nuestros gobernantes, sino también la razón de nuestro compromiso con la tarea que tenemos por delante. Allí es donde debemos estar como progresistas, más allá de las coyunturas políticas, como proyecto de pensamiento y de acción.

Dra. en Filosofía, especialista en biopolítica y filosofía política contemporánea. Es Editora en jefe de la Revista Latinoamericana de Filosofía Política (INEO-Cif, Conicet) y miembro del Comité Académico de Foucault en la Red Latinoamericana (INEO-Cif, Conicet/ UPT de Colombia). Es investigadora principal en el INEO (Cif, Conicet) y docente universitaria en las cátedras de Filosofía Política y Filosofía Contemporánea.